lunes, 2 de julio de 2018

Clases sociales y demandas políticas: los desafíos de Duque y de la oposición


Falta de maquinarias, esta vez se expresó una ciudadanía que está indignada con la corrupción y que reclama más espacio para sus negocios pero también más subsidios del Estado. Tiempos difíciles para el vencedor de las elecciones. Y para el perdedor.  
Una nueva ciudadanía
Ocurrió lo previsible. Ganó Duque por un margen considerable como lo señalaban las encuestas. Sin embargo, las dos rondas electorales han dejado novedades importantes.  A continuación trataré de descifrarlas.
Pese al resultado final, se destacó la existencia de una nueva ciudadanía que busca emerger: se manifestó en el voto en blanco, en los votos por Fajardo y por Petro. Este sector dificultará que la política prosiga como siempre, pues representa un amplio rechazo al sistema político tradicional.
Sin duda, el detonador inmediato de esta nueva presencia ciudadana ha sido el rechazo general a la corrupción que reina en todas las ramas del poder a lo largo y ancho del territorio nacional. Parece que ningún área pudiera escapar de ella. Su efecto ha sido  desestabilizar y deslegitimar el régimen político tradicional. El nuevo gobierno tendrá que hacer todo lo posible para reducir los niveles de corrupción Clases sociales y demandas políticas: los desafíos de Duque y de la oposición.
Una oposición dividida
Pero hay que anotar de entrada que ese bloque en protesta reúne a dos sectores con intereses diferentes.
El primero está formado por  electores de clase media o aspirante a ella. Lo integran profesionales, estudiantes, técnicos, empresarios y emprendedores diversos. Además del  rechazo a la corrupción y al clientelismo, este grupo reclama más equidad en el acceso a las oportunidades empresariales y de trabajo calificado.
En ese contexto los votantes de este grupo demandan más y mejor educación, salud, justicia, seguridad, tributación favorable, instituciones más serias, y además facilidades y oportunidades en materia de emprendimiento, crédito, tecnología e información.
La contraposición entre crecimiento y redistribución constituye un falso dilema. Cualquier programa genuinamente sensible a las necesidades de su electorado, necesitará combinar y armonizar ambos.
Gran parte de este electorado, que se inclinó por Sergio Fajardo, espera numerosas reformas y cambios desde el Estado, pero no es enemiga del crecimiento económico, pues sabe que su éxito dependerá de las oportunidades que él genere.
El segundo sector está formado por estratos más bajos y una selección de intelectuales, profesionales y estudiantes que reclaman ventajas y beneficios inmediatos, sin una relación proporcional con el crecimiento económico.
Este grupo constituye el electorado básico de Gustavo Petro, el cual demanda una agenda inmediata mucho más estatalizada en un país donde lo estatal presenta serias deficiencias. También aboga por una agenda redistributiva que presta poca atención a las posibilidades realistas de crecimiento económico.
Redistribución versus crecimiento
El problema de las agendas centradas en la redistribución consiste en que destruyen o erosionan los incentivos para el crecimiento, y en la medida que ello se prolongue, lo reducen significativamente.
Al disminuir el tamaño del pastel colectivo disminuyen los beneficios para todos, y el problema se acentúa si el Estado trata de compensar el retroceso de los estratos más pobres con nuevas medidas de redistribución. Si la respuesta consiste en expropiar la empresa privada por considerarla ineficiente o antigubernamental, el problema se agravará aún más. Esto ocurrirá tanto por la fuga de capitales como por la poca eficiencia de las empresas estatales que resulta de la falta de incentivos adecuados para gerentes y operarios de este tipo de entidades.
Esta estrategia económica podría desembocar en un grave colapso, como en el caso de Venezuela.
Así mismo, la concentración del poder político y económico en pocas manos llevará a la tentación casi irresistible de manejar autoritaria o totalitariamente la crisis generada, como lo demostró la experiencia estalinista en  la Unión Soviética.
Lo anterior no pretende constituir un endoso incondicional al mercado o al capitalismo, pues ellos no están exentos de problemas serios, como la desigualdad y la crisis ambiental.  Si bien estos fenómenos deben ser manejados por vía de políticas compensatorias apropiadas, la vía del mercado proporciona suficiente libertad para actuar y, por tanto, constituye la única modalidad claramente capaz de generar crecimiento rápido en ingresos y riqueza.
La contraposición entre crecimiento y redistribución constituye un falso dilema. Cualquier programa o régimen genuinamente sensible a las necesidades de su electorado, necesitará combinar y armonizar ambos con la sostenibilidad ambiental y social. El mejor ejemplo de ello son las economías escandinavas donde se pagan impuestos muy altos, pero los salarios son sumamente elevados, y donde la cobertura de las necesidades básicas está asegurada, incluidas no solamente educación y salud, sino también la protección contra el desempleo.
¿Qué hace que este modelo sea sostenible? Principalmente la elevada productividad y competitividad que se apalancan en la ciencia, la tecnología, la innovación, el emprendimiento y el altísimo nivel de talento humano. Ello permite combinar un alto nivel de redistribución con un nivel significativo de crecimiento. El modelo tiene grandes requerimientos de conciencia, cultura social y educación, pero estos se pueden construir, pues los países escandinavos carecían de ellas antes del siglo XX.
Este modelo es deseable porque no fundamenta las preferencias socio-económicas en ideologías –actualmente insuficientes como criterios únicos– sino en la evidencia concreta producto de experiencias reales, sin abandonar principios como el crecimiento, la distribución y la sostenibilidad. Incluso China ha aprovechado las enormes potencialidades del mercado que, combinado con una dirección social apropiada, logró un salto gigantesco en poco más de una generación.
Los retos del ganador
De cara a lo anterior y regresando al caso colombiano se presentan grandes retos e incertidumbres tanto para ganadores como para opositores.
Para el ganador quizás el principal reto consiste en ponerle límites a la nauseabunda corrupción arraigada en los actores políticos en consorcio con amplios sectores de la sociedad. La asignación negociada de partidas y de organismos de Estado para congresistas y toda la red intermediaria que canalizan las contrataciones hacia ejecutores preferidos que pagan comisiones es un hecho generalizado que explica las grandes inversiones en los procesos electorales que luego son compensadas con beneficios económicos o políticos.
Si éstos se eliminaran repentinamente, una base económica importante que soporta la política desaparecería, generando repercusiones significativas. Para un gobierno apoyado en el grueso de la clase política tradicional, realizar un corte tan abrupto sería extremadamente difícil, pues perdería el apoyo necesario para su funcionamiento y la ejecución de un programa de gobierno ambicioso.
Para el ganador quizás el principal reto consiste en ponerle límites a la nauseabunda corrupción arraigada en los actores políticos en consorcio con amplios sectores de la sociedad.
Evidentemente, la tentación radicaría en encubrir aún más la corrupción, pero esto no representaría una solución real, y el descrédito de la clase política se acentuaría hasta el punto de llevarnos a una oposición más radical o incluso más violenta.
A lo anterior debe añadírsele la urgencia de tomar decisiones concretas en el campo de la paz. ¿Qué ocurrirá con las FARC, el ELN y la JEP? Urge además diseñar y llevar a cabo una política agraria que impida que el país siga sumido en la producción y tráfico de coca y cocaína.
Foto: Emisora cultural del HuilaDesde la oposición, Gustavo Petro parece haber heredado un mandato claro tras obtener más de 8 millones de votos, muchos más de los que logró en la primera vuelta y en elecciones anteriores.
Aunque parece tener una ventaja absoluta para las elecciones de 2022, persisten para él dificultades significativas. Pese a su indiscutible inteligencia y capacidad retórica, el pasado de Petro aún genera desconfianza. Sus traiciones a otros políticos de izquierda y sus nexos con Hugo Chávez (aparentemente constatados por Wikileaks) se suman a su apoyo público a Maduro hace dos años y a Ortega recientemente, así como a su ambiguo desempeño en la alcaldía de Bogotá.
Como si fuera poco, en la última campaña osciló entre una postura radical que contemplaba una constituyente y la expropiación de tierras y una postura apenas reformista (¿puramente táctica?) luego de la incorporación de Antanas Mockus y Claudia López a su candidatura.  Al aceptar los resultados electorales, adoptó nuevamente una postura y un tono agresivos.
El que la oposición al nuevo gobierno esté conformada por dos grandes sectores con intereses distintos es un mal presagio para su futuro, pues difícilmente permanecerá unida en los próximos cuatro años. 
Todo lo anterior se ha planteado con referencia a un contexto puramente interno o nacional. Si, como se rumora crecientemente, nos hallamos ad portas de una crisis tipo 2008/9 en razón de los montos crecientes e insostenibles del endeudamiento y crédito internacionales, el escenario nacional se torna aún más impredecible e incierto.
Decían otrora los chinos como una maldición: “Que vivas en tiempos interesantes.” Parece que ineludiblemente estamos y seguiremos inmersos en ellos.


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