lunes, 2 de julio de 2018

El primer gran reto para Iván Duque: repartir la torta.


Analiza: Andrés Dávila.
Aunque no se conocen decisiones definitivas y aún suenan muchos nombres para su gabinete ministerial, saltan a la vista algunos rasgos interesantes del sonajero. Detrás de ello hay dos grandes retos para el nuevo gobernante.
¿Cómo dejarlos contentos a todos?
La primera cuestión es repartir los cargos para dejar satisfechos a los distintos sectores y personas que lo apoyaron. Alejandro Ordoñez en campaña presidencial de Iván Duque. 
Aunque de cara al público haya un discurso de independencia y se hayan mencionado algunas reglas –como la edad y el sexo de los escogidos– indudablemente la conformación del gabinete debe mantener el difícil equilibrio entre los varios sectores que se sumaron a la coalición ganadora.
De entrada, es necesario satisfacer al Centro Democrático y al senador Uribe, su jefe, como lo recordó Alicia Arango. Pero más allá de qué tanta autonomía establezca el presidente con respecto a este líder caudillista, en esta primera repartición seguramente dará una parte importante del gabinete a las fuerzas principales que conforman el uribismo.
Probablemente allí quedarán algunos nombres que estuvieron en la disputa inicial –como el de Rafael Nieto–, pero falta ver las condiciones y exigencias de personas como Alicia Arango, Carlos Holmes Trujillo y hasta Francisco Santos, quien estará entre los interesados en aspirar a la Alcaldía de Bogotá. No hay que olvidar tampoco a los candidatos que se quemaron en las elecciones legislativas, como Alfredo Rangel.
En esta primera repartición seguramente dará una parte importante del gabinete a las fuerzas principales que conforman el uribismo.
Algunas personas conocidas por tener un perfil más técnico y con experiencia en la gestión tendrán un lugar clave en el empalme y en la primera alineación, como Alberto Carrasquilla y Jorge Mario Eastman. En el caso del primero, pese a que le gustan las propuestas polémicas, es segura la ortodoxia en el manejo de la política económica, con algunos atisbos neoliberales y pro-empresariales. El segundo seguramente retornará al sector de defensa o se convertirá en consejero cercano del gobernante electo.
Un segundo sector que Duque tendrá que satisfacer casi de inmediato es el que recogen el expresidente Pastrana y la vicepresidenta Martha Lucía Ramírez. Aunque aparentemente haya un denominador común, un rápido análisis permite establecer que quienes sean elegidos no necesariamente dejarán satisfechos a ambos.
Entre los posibles escogidos, Miguel Ceballos parece una ficha que seguramente tendrá un lugar relevante para marcar el rumbo y, posiblemente, la relación con el Congreso. No obstante es de esperar que la vicepresidenta quiera hacerse cargo de temas de mucha relevancia, como los de seguridad o comercio exterior, en los cuales ya trabajó como ministra.
Falta ver si queda algún resquicio para mantener satisfechos, al menos en principio, a Viviane Morales, al exprocurador Alejandro Ordóñez y a los sectores más recalcitrantes del Centro Democrático que inicialmente no vieron con buenos ojos la candidatura de Duque.
Suenan también nombres con poco recorrido, pero con mucha cercanía al presidente electo, como Felipe Buitrago. Aunque mencionarlo para Hacienda o para el Departamento Nacional de Planeación es un desatino por su inexperiencia en la tecnocracia económica, que tiene ya una tradición en el país.
La cuestión es si alcanzará la torta para repartir entre partidos, gremios, movimientos políticos y demás sectores que aportaron su apoyo y sus votos a la campaña de Duque.
Incertidumbre legislativa
La segunda cuestión consiste en conformar una coalición mayoritaria en el Congreso para que Duque pueda sacar adelante su agenda legislativa.
Aunque las cuentas de esta semana y los gestos anticipados para mostrar tales mayorías hablan de un dominio indiscutible, la situación es mucho menos sólida de lo esperado. Lo sucedido en la semana con la Justicia Especial para la Paz (JEP) –que para muchos sectores es un indicativo de cómo se comportarán sus mayorías– refuerza esta idea.
De entrada, el resultado de la segunda vuelta mostró que hay una oposición –desorganizada y fragmentada, pero vigente– que con seguridad hará sentir sus posiciones y sus diferencias. El tono del discurso de Gustavo Petro indica, además, que será una oposición mucho más beligerante y exigente, y, por lo tanto, distinta de la que hubo durante los últimos 16 años.

En los últimos cuatro períodos los presidentes gozaron de coaliciones mayoritarias contundentes, que fueron alcanzadas mediante estrategias diferentes –más personalista y voto a voto la de Uribe; más de bancada y partidista la de Santos–, pero ambas con grandes dosis de recursos públicos, contratos y puestos. Usaron desde auxilios parlamentarios hasta la metafórica mermelada, pasando por los cupos indicativos. Es la historia de la evolución del clientelismo, del que no se salva ningún gobierno ni exgobernante.
Teniendo en cuenta esto, es importante que el presidente electo y sus sectores cercanos tengan muy claro que construir y sostener las mayorías parlamentarias no va a ser nada fácil. En esto la experiencia del senador Uribe es vital, pues aun con el supuesto respaldo unánime que tenía en 2002, al comenzar su gobierno tuvo que alimentar y mantener la lealtad de un Congreso inicialmente ajeno. Experiencia muy distinta de aquella de la Unidad Nacional, que durante casi siete años –y con excepción del último– reunió mayorías obedientes y agradecidas.
Así las cosas, lo que hubo esta semana fue la celebración revanchista de un triunfo claro pero menos contundente de lo que quieren mostrar.
Tanto es así que lo que fue una demostración contundente de poder en el Senado no se confirmó en la Cámara de Representantes. Incluso, un experto en entorpecer decisiones, como fue hasta el cansancio el senador electo Rodrigo Lara, fungió como notario de la aprobación de la ley de procedimiento de la JEP en este segundo recinto.
Lo que hubo esta semana fue la celebración revanchista de un triunfo claro pero menos contundente de lo que quieren mostrar.
En cualquier caso, esa demostración temprana del poderío de Duque –excesiva, forzada y jurídicamente insostenible– parece más una señal de debilidad que de fortaleza. Así, continúa el desafío abierto: ¿cómo tejerá el presidente electo su coalición mayoritaria para pasar su agenda legislativa en el Congreso?
Esta pregunta indica que la agenda de Duque, por más ambiciosa que quiera ser, tendrá restricciones. Por esa razón, las decisiones respecto tanto de la paz como de la economía, la infraestructura y todo el portafolio de reformas pendientes –a la justicia, al sistema político y al electoral– tendrán que construirse en consenso con las bancadas de los distintos partidos presentes en el Congreso.
Cualquier mirada panorámica indica que la tarea del gobierno será mantener una escuálida coalición ganadora sin mayores recursos públicos que ayuden a cimentarla. Inicialmente, por lo menos, no habrá tal cosa como imposiciones de una supuesta bancada mayoritaria.
En consecuencia, y especialmente para quienes hablan en términos de triunfos y derrotas exagerados, la situación actual muestra, más bien, un escenario por definirse.
Si el gobierno uribista tuvo el sello de la Seguridad Democrática y el santista el de la paz con las FARC, cabe preguntarse cuál será la marca del cuatrienio de Duque. La anticorrupción, la economía naranja, la modificación de lo acordado en La Habana y la complejísima relación con Venezuela forman un cuadro tremendamente difícil de armonizar. Sobre esto la extensa pero superficial y ruidosa campaña dejó pocas certezas.



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